la necesidad de rendir tributo a lo transitivo,
a la fuga, a esa gran sopa del ser en la que vivimos
Maggie Nelson
Hoy salimos a caminar al Cañón de Doña Petra, no había tantas flores como el febrero pasado. Se dice que estamos atravesando la temporada más seca en los últimos 50 años. Las lluvias han sido escasas: “El verano se está adelantando”, escuché el otro día. Me parece increíble cómo esto último al ser escrito cobra otra vida y parece una afirmación salida de un cuento de sci-fi. En nuestro paseo distinguimos apenas unos cuantos brotes: algunos romerillos en ciernes, varias yerbas santas infectadas por una plaga, un par de salvias apianas, dos o tres campanitas aisladas, unas cuantas malvas sin flor y, lo que más relucía, una serie de lentiscos y toyones.
Al bajar por una colina de terreno seco y llegar a la zona más húmeda del cañón –esto gracias a un arroyo que lo cruza por varios metros–, Isa llamó mi atención: “¿Esa es una romneya, no?”. Miré los tallos secos y los botones deshidratados que parecían que con un simple agarre se desmoronarían, fue la flor que más nos deslumbró el año pasado, no dejamos de sacarnos fotos junto a ellas. A mi mente llegó la idea de escribir sobre cómo caminar a ver flores también involucra aprender a distinguir cadáveres.
Regresamos a casa después del paseo de dos horas, un poco tristes porque luego de seis o siete meses sin transitar por uno de nuestros lugares favoritos, lo encontramos menos vivo. Las condiciones climáticas le “quedaron mal”, derrumbando sus expectativas de florecer y las nuestras de disfrutar su belleza. Varias horas después, ya en casa con nuestros gatos, le comenté a Isa la idea de los cadáveres. “No son cadáveres”, me respondió, “son cuerpos durmientes”. Una tenue capa de cosquillas me recorrió la piel al escuchar sus palabras y, sin que tuviera tiempo de meditarlo, un pensamiento brotó en mi cabeza: “Las ideas también son cuerpos durmientes”.
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No me ha sido fácil aprender a reconocer plantas nativas, incluso para la enumeración anterior tuve que repasar con Isa algunos nombres. De las que vimos en nuestra caminata, las que identifico con mayor facilidad son el romerillo y la yerba santa. En ambas, a pesar de que visualmente distingo la forma de la hoja y el arbusto, lo que me termina por confirmar que estoy en lo correcto es el aroma: cuando acaricias con tus dedos el romerillo y luego los acercas a tu nariz, un olor alimonado, con tintes mentosos y maderosos te llena de gusto la percepción; cuando untas tus yemas sobre la hoja de la yerba santa e inhalas los restos de la esencia que se impregnó a ellas, una fragancia dulce, espesa, como si un jarabe pudiera ser solo aromático, te abraza de cuerpo entero.
Ya cumplí un año en Ensenada, lo que, en primera instancia, significa que ya tuve mi primera temporada de caminatas y por ello tuve que anclar ciertas pistas –el olor en este caso– para reconocer aquello que me era desconocido. Por otro lado, hay otro significado que deviene con este aniversario y es que mis ideas están cambiando. Mi contexto delimita lo que alcanzo a imaginar.
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La dormancia o durmición –hago un collage con las distintas definiciones que encuentro en internet– es el periodo dentro del ciclo biológico en el que la germinación se suspende temporalmente debido a las desfavorables condiciones climatológicas. Los factores críticos a considerar son la temperatura y la disponibilidad del agua. Es un mecanismo de defensa que diferentes especies echan a andar para protegerse en ambientes no predecibles y climas con tendencias a la precipitación variable.
¿Puedo, realmente, equiparar la dormancia de las plantas nativas con la forma en que la idea de un poema, una novela o un ensayo se forja en el interior de una escritora, escritorx o escritor? ¿Puedo pensar que la idea “fallida” de los cadáveres –derivada del desconocimiento que tengo de mi contexto actual– proviene de otras condiciones climatológicas (Tijuana y su ecosistema urbano) y a la hora de enfrentarse con mi presente, regresa a mi interior y se enraíza en este texto para protegerse a sí misma hasta que pueda adaptarse a una nueva temperatura ideal que de pie a su germinación? ¿Puede un texto ser un cuerpo durmiente? ¿Es este un texto durmiente?
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“Está lloviendo”, así inicia el capítulo cinco de La parábola del sembrador de Octavia Butler, una novela escrita en los noventa y que transcurre entre 2024 y 2027. Da la casualidad que esa lluvia llega un domingo 2 de marzo de 2025, luego de seis años de sequía. Es el mismo día que llega la ansiada lluvia a Ensenada. Tuve la misma reacción que Lauren –la protagonista de ese relato con tintes proféticos de Butler– mientras estaba en la cama, recostado junto a Isa. Eran las 10:45 pm, nos callamos para escuchar las gotas rebotar en el techo del departamento. Abrazados por la oscuridad y el calor de nuestros gatos acostados sobre nosotros, en ese transcurso mínimo en el que intentamos ahuyentar la sorpresa para concentrarnos en el ruido, la lluvia dejó de caer. “No manches, duró como dos minutos”, Isa y yo compartimos decepción.
Hoy es lunes 3 de marzo de 2025, ha pasado una semana desde nuestra primera caminata del año y al igual que en la novela: “Sigue lloviendo». A lapsos, pero llueve, regando no solo carreteras, montañas y a las y los primeros trabajadores que salen por la mañana, regando también nuestras esperanzas. Nunca había sentido tanta añoranza por la lluvia como en esta etapa viviendo en Ensenada. Es una preocupación comunal, una trama que se teje desde la oralidad de quienes han vivido aquí toda la vida y de aquellos foráneos que eligieron este territorio como refugio. Y se contagia.
“¿Tú ya te sientes ensenadense?”, me suelta Isa durante el desayuno, luego de contarme que mañana se suspenderán las clases porque es el desfile del Carnaval de Ensenada. Digo que “sí”, aunque una parte dentro de mí siente que miento. Más bien me siento como un híbrido, como un dibujo a lápiz que no termina de borrarse. Octavia Butler especuló con su futuro de sequías en Robledo, California, una ciudad ficticia situada “a unos treinta kilómetros de Los Ángeles”. Tal vez deba inventar mi propia ciudad ficticia, pienso con la imaginación acariciándome de cuerpo entero, algo en medio, espiritual y materialmente, entre Tijuana y Ensenada. Tal vez una ciudad de paso, otra más –¿quién podría detenerme?–, algo que rompa con el binarismo de la identidad territorial.
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Las romenyas son herbáceas nativas que, cuando están “despiertas”, producen grandes flores de amapola con pétalos blancos y un botón amarillo. Por sus colores y forma son conocidas oralmente como “la flor de huevo frito”, su fragancia –según nuestras investigaciones aromáticas– se distingue por su similitud con el olor a la crema NIVEA y el olor a los pañuelos Kleenex. Inhalar su aroma es una experiencia de la que no vuelves. ¿Cómo volver a ser el mismo luego de cruzar ese umbral de intimidad que es reconocer el olor de otro ser vivo? Son plantas perennes –aquí va de nuevo el collage– que pueden permanecer inactivas durante largos periodos antes de volver a florecer. La expectativa es que subsistan al menos dos años y lo que las diferencia con otras plantas es que pueden producir semillas anualmente.
La idea de los cadáveres de flores fue una idea perenne que vivió en mí por más de año y medio. La primera vez que imantó mi atención un cúmulo de flores secas enraizadas a la tierra fue en Tijuana, subiendo una de las colinas que me llevaban hasta un departamento que habité por seis meses. Cada día, después de la jornada laboral, atravesaba ese cerro pavimentado en un taxi de ruta y del lado izquierdo veía varios tallos sosteniendo flores que de tan secas parecían capullos negros. No sé bien porqué las miraba, pero ahora sé que esas vueltas a casa fueron las semillas que la idea fue arrojando dentro de mí, y que mirar a las romneyas secas fue como si esas flores tijuanenses estuvieran delante de un espejo. Claro, un espejo en delay que no reprodujo con exactitud lo que miré en las dos ciudades, pero por lo menos fue un espejo emocional que hizo que la idea despertara.
“Escribe de lo que conoces”, es una de las recomendaciones clásicas en los talleres literarios. Aquí escribo de lo que voy conociendo, con el presente como método, con la intención de que la idea de las ideas durmientes –que germina de a poco gracias a Isa, el nuevo territorio que habito y la fiel convicción de que todo yo es un nosotrxs– duerma lo necesario, sea cobijada por este texto hasta que florezca frente a los ojos de algún lector.
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Hay que respetar el ciclo biológico de las ideas.
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Tijuanada, Ensejuana, Tiense, Entinada. Busco nombrar el territorio desde el que escribo. Nadati, Juanense, Juanada, Nadajuana. Un territorio ficticio que me permite usar su tierra para sembrar ideas, regarlas de a poco, moverme lo necesario hasta encontrarles el clima idóneo –el contacto con su exterior– que les permita despertar. Sobre todo, un territorio que les conceda el placer de dormir a sus anchas.
¿Cuánto cambiaría nuestra aproximación lectora y escritural si comenzamos a pensar los libros como textos durmientes? ¿Qué tan dispuestxs están lxs autores a presentar “sus” ideas como semillas en tránsito, a la búsqueda de un clima –otrxs escritorxs, artistas, lectorxs– que les den el calor y la humedad que se necesita para su máximo florecimiento? Y no hablo de esa vieja perspectiva romántica de que “mis libros viven gracias a los lectores”, porque esta idea proviene de autores que –desde esa blanda autoridad que da el nombre en una portada– piensan al lector como su admirador, como un consumidor pasivo. Hablo de que toda idea es un nosotrxs que siempre está por completarse, un brote a medias esperando la temperatura de otros cuerpos para despertar sus amapolas.
Me detengo a ver cómo la luz del sol mancha estos nuevos tallos –estas ideas perennes– que nacen desde este territorio ficticio. El aroma a crema cítrica me provoca mirar hacia arriba, a la punta del cerro-texto, un par de cenzontles parten el cielo con su vuelo. “Le toca a alguien más venir a pensar esta flor”, pienso, “es hora de tomar la siesta”.
Fotografías por Iván García Mora, intervenidas con ilustraciones por Esmeralda Córdova








